Good morning, Vietnam!
En la gran ciudad de Bhubaneswar, India, no hay sitio en el que la mente pueda descansar.
Todo este río de carne y hierro imparable lucha con fruición por rebañar cada segundo en semáforos invisibles para luego poder desperdiciarlos durante horas en las largas colas del supermercado y el jaleo de las tiendas callejeras.
Tal vez sea sea el impacto del humo en tu garganta, el masivo uso de sabores dulces y picantes, sin control alguno, sobre tu paladar que no hacen sino aumentar más la sensación de que todo aquí está multiplicado por diez mil.
Quizás sea por los mosquitos que, con su impertubable y silente amenaza, te invaden y bombardean al anochecer, llegando a chuparte la sangre caliente del cuello, como si de vampiros microscópicos se tratara. Pero no sólo te quitan sino que también te dan algo a cambio. Normalmente te regalan enfermedades como el dengue o la malaria, sin importarles lo más mínimo que les estés esperando con un potente veneno supuestamente hecho contra ellos. Tampoco importa a qué Dios reces o lo que hagas para prevenirlo. Van a hacer su cometido contigo igual.
A quién le va a importar cuando no hay tiempo para nada y hay tiempo para todo. Sus caras de cerrazón o curiosidad mirando a los forasteros recién llegados, les alcanza para que los más osados, puedan acercarse y pedir una foto junto a las nuevas atracciones andantes que han llegado a la ciudad, con su impertubable sonrisa.
Quizás todo esto sólo sea una macabra broma infinita, un bello cuadro donde la vida y la muerte se alían sin igual, con la naturalidad que sólo la India es capaz de mostrarte.
Sea como fuere, es el mejor refugio para artistas y almas perdidas, porque jamás te deja indiferente.

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