Good morning, Vietnam!

En la gran ciudad de Bhubaneswar, India, no hay sitio en el que la mente pueda descansar.

Quizás sea el ensordecedor caos de la carretera llena de polvo y palmeras, en la que miles de conductores cabalgan motocicletas oxidadas, triciclos coloridos y autobuses abarrotados.

En esta urbe milenaria todos luchan por cada centímetro sobre el asfalto ardiente y las aceras de tierra, sorteando con habilidad a las vacas, perros y transeúntes que pasean tranquilamente en medio de la carretera. Todos tienen su cometido pero ninguno parece saber realmente hacia donde va.

Quizás sea el uso indiscriminado de la bocina, en el que los vehículos incluso ostentan carteles que rezan que por favor les pites como manual de supervivencia. O el hecho de que algo tan cotidiano como cruzar la calle se convierte en un ritual, un salto de fé que todos cumplen con naturalidad.

Todo este río de carne y hierro imparable lucha con fruición por rebañar cada segundo en semáforos invisibles para luego poder desperdiciarlos durante horas en las largas colas del supermercado y el jaleo de las tiendas callejeras.

Quizás sea el indiscriminado uso de colores en los ropajes y vehículos, o la decoración luminosa en cada esquina, que parecen fabricados ad hoc para iluminar la oscura noche sin farolas de la ciudad.

Tal vez sea sea el impacto del humo en tu garganta, el masivo uso de sabores dulces y picantes, sin control alguno, sobre tu paladar que no hacen sino aumentar más la sensación de que todo aquí está multiplicado por diez mil.

Quizás sea por los mosquitos que, con su impertubable y silente amenaza, te invaden y bombardean  al anochecer, llegando a chuparte la sangre caliente del cuello, como si de vampiros microscópicos se tratara. Pero no sólo te quitan sino que también te dan algo a cambio. Normalmente te regalan enfermedades como el dengue o la malaria, sin importarles lo más mínimo que les estés esperando con un potente veneno supuestamente hecho contra ellos. Tampoco importa a qué Dios reces o lo que hagas para prevenirlo. Van a hacer su cometido contigo igual.

Y qué decir los ciudadanos de esta ciudad de tránsito, capital del antiquísimo Reino de Kalinga, que son una fiel muestra de la mezcolanza de tradición, religiones y estilo de vida, en el que la ropa es algo más que opcional, casi festivo.

A quién le va a importar cuando no hay tiempo para nada y hay tiempo para todo. Sus caras de cerrazón o curiosidad mirando a los forasteros recién llegados, les alcanza para que los más osados, puedan acercarse y pedir una foto junto a las nuevas atracciones andantes que han llegado a la ciudad, con su impertubable sonrisa.

En la ciudad de los templos no hay espacio para la calma, igual que el agua sucia nunca se detiene.

Quizás todo esto sólo sea una macabra broma infinita, un bello cuadro donde la vida y la muerte se alían sin igual, con la naturalidad que sólo la India es capaz de mostrarte.

Sea como fuere, es el mejor refugio para artistas y almas perdidas, porque jamás te deja indiferente.
                                                         
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