El ruido entre el centeno

De las mil y una cosas impactantes que nos han ocurrido estos días, es difícil decir cual de ellas se llevaría la palma. En cualquier caso, fuéramos donde fuéramos nos recibían como a héroes de guerra con gritos tribales, collares de flores, cocos partidos donde beber agua fresca y una incontable variedad de comida local servida en hoja de banano recién cortada, dispuesta a ser saboreada y cogida con nuestras propias manos.

Aún recuerdo ese escalofrío de felicidad que me recorrió el cuerpo cuando escuché, al bajarnos del coche en cada escuela gritar a los niños de alegría, darnos la bienvenida en su dialecto; el oriya,cantando "swagadam swagadam" (bienvenidos, bienvenidos) y dedicarnos bailes locales embutidos, niños y mayores en sus trajes tradicionales. Quizás sean sus ojos negro azabache, ardientes por la curiosidad, sus sonrisas tímidas con las que nos acercaban sus libretas para que les dejásemos una dedicatoria o el canto con que llaman desde el templo de Jagannath, en Puri, a los creyentes para bendecir a sus dioses, tribales y milenarios, que rigen el orden del universo.

Por otra parte están las jornadas exasperantes para cruzar la ciudad, llenas de humo y polvo que te hacen toser desde lo más hondo de tus pulmones, los socavones en la carretera, las discusiones con los conductores para que no te timen y la agobiante vigilancia a que te someten los dependientes en cada tienda de ropa o menaje, con tal de brindarte asistencia pero también de controlar cada uno de tus movimientos por si las moscas. En ese sentido, prefiero la libertad de Occidente a la hora de moverte en las tiendas. Si no hubiera algo de esa desidia y dejadez que baña parte de esta cultura a todos los niveles, ese "todo fluye" que Heráclito proclamaba y que ellos parecen agarrar como excusa para dejar fluir la suciedad en cada esquina, esta sociedad daría un gran paso adelante.

En cualquier caso, ya sea por esfuerzo institucional o social, hay una enorme conciencia de combatir la lacra de las bolsas de plástico a nivel nacional (lo cual siendo 1.300 millones de personas no es poco) e ir cambiando las cosas, lentamente, como la vaca que pasea entre los coches sin saber que se juega la vida a cada instante, pero que avanza hacia algún lugar buscando el remanso de paz y alimento hasta la saciedad que como cada día, a buen seguro, vuelve a encontrar.

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